No soy doctora. Pero sí tengo un cuerpo con una vagina. Y apenas ahora estoy aprendiendo a escucharla, después de casi toda una vida de ignorarla y de ignorar su papel en mi propio desarrollo como esta cosa de mujer (vé mi poema Acariciando (mi) Pene Imaginario para más contexto).
Tengo mucha experiencia ignorando los mensajes de angustia de mi cuerpo. Por ejemplo, al parecer viví al menos 5 años con un quiste creciendo en mi ovario. Y ahora que lo pienso, reconozco que sí había recibido señales de su existencia. Sentía dolor al orinar que ignoré, subidas y bajadas emocionales y físicas, una falta extrema de energía y fuerza (lo cual es una locura porque soy MUY fuerte), y es más, tenía que acomodarme en cierta posición para no sentir dolor durante las relaciones sexuales.
Sería fácil sentirme tonta por esto. Y fácil también reprocharme por mi ignorancia. Pero estaba tan ocupada intentando sobrevivir los últimos 5 años que no tenía capacidad para otros problemas. Claro que sentía que debía hacer algo, pero estaba sola y cansada de siempre “hacer algo”. También estaba aprendiendo a ser, de verdad —o sea, de verdad— yo misma. Ignoré las señales hasta que pude tener más espacio en mi mente para crecer. Así que, en vez de sentirme tonta y perder más tiempo, sólo estoy agradecida de estar aquí ahora, escuchando a mi pussy.
Y aquí estamos. En la cama, casi 3 semanas después de la cirugía. En un momento distinto de la vida, con más espacio para respirar y tomar acción hacia el simple hecho de estar… en mi cuerpo.

Mientras estoy acostada en la cama, noto algo que me ha pasado toda mi vida desde que me bajó la regla: UNA VAGINA TEMBLORINA.
Es molesto. Lo odio. Me pasa en la noche justo antes de dormir. A veces es fuerte y duradero. Otras veces sólo da dos espasmos y luego se calma. Todo lo que sé es que lo he compartido con doctores y siempre dicen lo mismo: “mmm… tal vez estés estresada.”
¿Ah, sí?
Notar este coño tiritón me llevó a hacer otras observaciones vaginales. Mi estado estándar del cuerpo es tenso. Mi vagina vive en un modo perpetuo de Kegel. Mis labios están secos y tristes. Y me tenso aún más si ando cogiendo con alguien nuevo… justo cuando debería estar abierta, relajada y viva.
Oigan. Mi pobre panocha necesita cuidados míos. Un poco de cariño. Un poco de suavidad por dentro y un refresco para el exterior polvoso.
Así que aquí estamos. Aprendiendo a soltar. Encontrando el balance correcto de pH, aceites y humedad, fuerza y vulnerabilidad, relajación y protección.
Al empezar a conectar este dilema conchero actual con mi ignorancia pasada de mis propios genitales, descubrí tanto las razones físicas como las filosóficas detrás de este estado. Y es mucho más de lo que le había dado crédito.
Anoche me hice una promesa mientras notaba todo esto y mi coño seguía temblando: quiero investigar mi concha y traerle relajación al piso pélvico durante los próximos 40 días. Esto es muy importante para mí como poeta, artista y mujer que carga con uno de estos malditos agujeros de carne.
Como ya mencioné al inicio, no soy doctora, pero sí quiero escuchar más de cerca, encontrar esos problemas que se pueden trabajar y darme el tiempo de traerle a mi vagina el cuidado que se merece.
Me voy a dejar caer en ello y ver qué encuentro. La verdad, me intimida un poco. Pero si logro conocer mi vagina tan bien como conozco mi pene imaginario, estaré mejor.
Estén al pendiente de las prácticas, ideas, poesía, performances y quién sabe qué más salga de esta exploración.


Leave a Reply